Le di un abrazo y un beso a mis padres, alguna que otra lágrima caía por mi rostro blanco. Se oyó desde un altavoz el sonido de una voz femenina:
Les informamos que el vuelo con destino a Londres saldrá en cinco minutos. Gracias.
-Venga cielo, que no llegas.-Sollozó mi madre, entre más y más lágrimas. Asentí, sonriente, y me dí la vuelta para irme. Les dediqué mi último "Adiós" desde un poco más lejos y fui hacia el avión. Miré la hora: Las ocho en punto de la mañana. Tenía que ir pronto, desde Nueva York hacia Londres hay seis horas, y no quería llegar muy de noche, me gusta disfrutar de las vistas del avión. Sí, habéis leído bien: Nueva York, esa es mi procedencia. A mis diecisiete años, me habían dado una beca para estudiar un curso entero en el Reino Unido, saco muy buenas notas, y yo elegí Londres. ¿Quién sabe? Igual tenía la oportunidad de conocer a mis ídolos. Sí, soy Directioner, me encantan, no solo por su música, si no por su forma de ser, en los videodiarios, en las entrevistas, en los conciertos... Yo no había ido a ninguno, pero estaba convencida de que durante ese año iría a alguno y, cuando yo estoy convencida, nadie me desconvence.
Me senté en la ventana, y una señora mayor a mi lado. Me eché mi pelo rubio hacia un lado, saqué el iPod y me puse "Moments". Me hizo recordar todo, el mensaje de texto por el que, hace una semana, me había dejado Ryan, mi ex-novio. No pude evitar sacar el móvil y ver el mensaje. Me dejó por otra. Empecé a llorar en silencio, no me gustaba que la gente me viera tan débil. Empezó "Save You Tonight", y pensé: Oh, Harry, si de verdad estuvieses aquí para salvarme... Reí levemente ante la situación, dentro de unas horas estaría en la misma ciudad que él, que ellos. Enseguida me dormí, y cuando desperté solo quedaban veinte minutos. Se me pasaron muy lento, pero enseguida el avión aterrizó. Salí, cogí las maletas y, con ellas, el papelito donde estaba escrita la dirección de mi nueva residencia-instituto. Cogí un taxi que me llevó a aquel sitio, pues era donde iba a vivir durante todo el curso. Pasé una puerta de cristal enorme hacia una entrada. Una mujer, que supongo que sería la directora me tocó el hombro desde atrás.
-Tú debes de ser la señorita Smith, ¿verdad?-Me preguntó, mirándome por encima de las gafas.
-Sí.-Asentí.
-Ven, le voy a enseñar su habitación. Es compartida, con una chica de más o menos su edad, ahora mismo mi secretaria le está enseñando el instituto, tarea que deberá hacer ella respecto a usted cuando llegue en un cuarto de hora aproximadamente.-Hablaba muy rápido, cogiéndome del brazo y llevándome escaleras arriba hasta una puerta de madera.-Lo dicho. En una hora y media las quiero a usted y a su compañera abajo para comer.-Terminó, me dio una pequeña llave, se dio la vuelta y se fue. Abrí la puerta, el apartamento era pequeño pero estaba muy bien: A la izquierda, un pequeño sofá en frente de una tele, a la derecha, dos baños junto a una pequeña cocina, y al fondo dos camas, una al lado de un gran ventanal y otra junto a un escritorio y un armario enorme. Me daba igual en cual ponerme, así que esperé a que llegase mi compañera para que eligiese ella. Me puse a ver la televisión, llorando, por Ryan. En unos diez minutos, oí pasos rápidos que se acercaban. Cuando pensé que no me daba tiempo a secarme las lágrimas, oí como llamaban a la puerta. Chica educada, pensé. Me quité los restos de lágrimas, aún dejando el blanco que rodeaba el iris azul de mis ojos, rojo. Intenté sonreír.
La puerta se abrió, dejando ver una cabecita con dos grandes ojos azul claro, y una parte de pelo marrón, liso y bastante largo.
-¿Se puede?-Dijo con una dulce voz, como de niña.
-Claro.-Sonreí.
Enseguida dejó ver el resto de su cabeza: Una pequeña nariz y unos labios sonriendo tímidamente. Entró a la habitación, cerrando la puerta tras ella, y con dos maletas, una de Mickey Mouse y otra que no conseguía ver bien. Ella era menudita, de estatura media tirando a bajita. Vestía con un jersey de punto color crema, que parecía quedarle largo respecto a las mangas, unos vaqueros cortos muy ajustados, quizá demasiado, y unas botas no muy altas marrones. Una chica realmente guapa. Era bastante distinta a mí, yo era alta, pelo rubio hasta los hombros y liso, no me consideraba fea. Aparte, yo vestía más... ¿pijo? Puede ser.
Se acercó a mí dando pequeños saltitos, sonriente.
-Yo me llamo Jessica, pero es muy largo, así que mejor llámame Jess. ¿Sabes? Vamos a vivir aquí las dos...Bueno, ya lo sabías, digo yo, porque...-Pero enseguida dejó de hablar, mirándome con preocupación. Se había dado cuenta de que estaba llorando, y me dio un abrazo. Fue como una medicina que me curó casi entera: ¡Qué abrazos daba la tal Jessica! Era como un superpoder. Nos separamos y me sonrió.-¿Así mejor?
-Sí... das unos abrazos increíbles.
-Me lo suelen decir.-Rió.
-En serio, muchas gracias.-Sonreí.
-No las des. Bueno, ahora dime el motivo de tu tristeza... Si quieres, claro.
-Vale, pues mira, yo...
-¡Espera!-Me interrumpió.-¿Cómo te llamas?
Reí.
-Taylor. Taylor Smith.
No hay comentarios:
Publicar un comentario